Desde que tenemos la tarjeta dorada el tren se ha convertido en nuestro principal medio de transporte, acabo de comprar unos billetes y me he acordado de mi primer viaje en tren, así que si no quieres sufrir el martirio de esta historia, ya sabes, puerta.
Al poco de conocer a la pakirrota, hace como unos tres mil años, me propuso hacer un viaje y cuando dijo tren me dio un subidón del quince, ni se imaginaba la ilusión que me hacía, de niña nunca viajé en tren, pero para ella era casi peor, para ella subir al tren era y a veces creo que lo sigue siendo, ir a Francia a vendimiar, horas en tren de madera, registros en la frontera... Hace tiempo de esto.
Ella se encargó de todo y para agasajar a nuestros acogedores amigos preparó un montón de regalos y una maleta como si se fuera a vivir allí, yo nunca he necesitado apenas nada para moverme de casa.
Así que allí estábamos en el andén esperando el tren, ella nerviosa, diciendo que en cuanto llegara nos teníamos que subir porque apenas paraba y nos podíamos quedar en tierra, tan nerviosa estaba y tantos argumentos tenía que acabó por contagiarme y el panorama cambió a dos chicas poniéndose nerviosas mutuamente.
Por fin llegó el tren, y de pronto me vi envuelta en la soledad mas absoluta, porque mi niña no tuvo otra ocurrencia subirse al tren en la primera puerta que vio sin mirar si era su vagón y una vez dentro me pareció otear en la distancia que miró lo billetes y se fue en busca de su asiento a toda velocidad “en la otra punta del tren”, claro, como ella podía correr, a pesar de no haber ninguna necesidad, los baúles de la piquer, los regalos y mi pequeña bolsa los llevaba yo, porque ella vio el tren y se montó olvidándose de todo, incluso de mi. Yo cada vez mas angustiada, ella cada vez más lejos, apunto de desaparecer de mi vista, los pasillos estrechos, apenas podía pasar, cargada como una burra y ella se había olvidado de mí, ese era el bulto que más pesaba, llegué a pensar que se iba a bajar por la siguiente puerta y me iba a quedar sola y cómo no, se me saltaron las lágrimas, al rato, para mi una vida, me encontró llorando en un rincón y solo se le ocurrió decir “qué pena”.







